Cuando el Camino Francés se volvió película… y conquistó Italia
Hay historias que, sin avisar, se abren camino como una flor que nace entre dos piedras. Un día cualquiera —quizá uno de esos en los que el Camino Francés amanece con bruma baja y olor a tierra húmeda— un equipo de cine llegó a Triacastela con cámaras, cables y esa mezcla de nervios y entusiasmo que solo se ve cuando se va a contar algo grande.
Y vaya si lo contaron.
La película, una comedia italiana rodada entre albergues, senderos y ese castaño centenario que parece conocer todos los secretos de los peregrinos, ha estallado en la taquilla de Italia como una sorpresa luminosa. Nadie esperaba un éxito tan rotundo… aunque quizá el Camino sí lo esperaba. Él siempre sabe cuándo algo tiene alma.

La historia gira en torno a un heredero de un emporio de muebles —un hombre tan acostumbrado al lujo que la palabra “mochila” le sonaba casi a chiste privado— que, por un giro de la vida, acaba caminando cientos de kilómetros. Botas gastadas, ampollas reales, conversaciones inesperadas… y un reencuentro con su hija que actúa como brújula emocional en ese viaje que empieza siendo físico y termina siendo íntimo.
Recuerdo una anécdota inventada, pero que podría haber sido real: una señora de Triacastela me contó (imaginariamente) que durante el rodaje vio al protagonista sentarse al borde del camino, quitarse las botas y mirar el paisaje como si fuera la primera vez que entendía lo que era respirar hondo. “Ahí lo pilló el Camino”, decía riendo. “Le entró por dentro”.
Y quizá esa sea la clave del éxito. El público italiano —tan emocional, tan dado a abrazar historias que laten— se ha dejado seducir por el humor, sí, pero también por esa nostalgia tranquila que tiene el Camino. Esa sensación de que todos, tarde o temprano, necesitamos un lugar donde reencontrarnos.
Las salas se han llenado, las risas han saltado de butaca en butaca y mucha gente está descubriendo por primera vez que existe un sendero milenario en España donde uno puede perderse para encontrarse.
En Triacastela aún recuerdan el bullicio del rodaje. Los vecinos se asomaban a las puertas, los peregrinos se mezclaban con actores, y los niños observaban cómo la magia del cine convertía su aldea en un escenario. Y ahora, al ver el éxito, hay un pequeño orgullo que se cuela en cada conversación.
Quizá la película ha logrado algo más grande que un récord de taquilla: ha hecho que miles de personas, sin haber puesto un pie en el Camino, sientan que ya han caminado un trecho.
En fin
Porque el Camino, cuando se deja filmar, no actúa: respira.
Y quien lo mira —sea en persona o desde una butaca— descubre que cada piedra guarda un latido,
que cada amanecer es una página en blanco,
y que a veces basta una sola historia bien contada
para encender el deseo de caminar.
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