Peregrinos de invierno: esa especie que no se extingue ni con frío, lluvia y bares cerrados
Hay dos tipos de personas en el mundo: las que hacen el Camino de Santiago en verano… y las que lo hacen en invierno. Estas últimas no están mejor preparadas, ni más locas (bueno, un poco sí), pero tienen algo especial: una capacidad infinita para seguir caminando cuando todo invita a volver a casa y pedir una sopa caliente.
El peregrino de invierno sale por la mañana envuelto en capas como una cebolla emocional. No camina: chapotea. La lluvia no cae, te acompaña. El viento no sopla, te empuja hacia atrás. Y el frío no molesta… el frío dialoga directamente con tus huesos.
El paisaje es precioso, sí. Muy bonito. Espectacular.
Pero tú no lo ves porque:
- Llevas la capucha empañada.
- Te entra agua por sitios que no sabías que existían.
- Estás calculando si aún sientes los dedos de los pies o ya no.
Luego llega el gran deporte invernal del Camino: buscar albergue abierto.
Google dice que sí. El cartel dice que no. El hospitalero se fue “hasta primavera”. Y tú, con cara de novela rusa, lees el mítico papel pegado con celo:
👉 “Cerrado por temporada. Buen Camino.”
Buen Camino… MIS BOTAS.
Y cuando encuentras uno abierto, empieza la magia:
– “¿Hay calefacción?”
– “Sí, cuando quiere.”
– “¿Agua caliente?”
– “Depende de tu fe.”

Dormir en un albergue en invierno es una experiencia espiritual. Escuchas el viento, la lluvia, la madera crujir y tu propio cuerpo preguntándose qué decisión vital te trajo hasta ahí. Compartes habitación con otros cuatro supervivientes que no hablan mucho, porque todos estamos pensando lo mismo: mañana también caminamos… ¿pero por qué?
Y luego están los bares. Ay, los bares.
En verano te sobran. En invierno desaparecen como las ganas de socializar. Llegas al pueblo a las cuatro de la tarde, empapado, soñando con un café caliente… y encuentras:
– Bar cerrado
– Otro cerrado
– El tercero “abre solo fines de semana si hay gente”
(Spoiler: no hay gente. Solo tú.)
Pero entonces, milagro. Un bar abierto. Entras como quien entra en un santuario. Pides caldo, café, vino, sopa, algo caliente, lo que sea. El camarero te mira y ya sabe:
— “Vienes del Camino, ¿no?”
Sí. Se nota. En el alma. Y en el olor a humedad.
Y aun así… pasa algo raro.
No hay multitudes. No hay prisas. No hay selfies cada diez metros. El Camino en invierno te habla bajito. Te regala silencios, paisajes vacíos, conversaciones profundas con desconocidos y una sensación absurda de orgullo cada vez que superas otra etapa.
El peregrino de invierno no presume. Sobrevive.
Y cuando vuelve a casa, seco y caliente, dice una frase que nadie entiende pero que es absolutamente cierta:
“El año que viene… igual repito.”















