¡Bienvenidos, valientes buscadores de la Indulgencia Plenaria y amantes del riesgo gástrico! Si estás pensando en hacer el Camino Lebaniego, deja de leer guías espirituales aburridas. Aquí te traigo la crónica real, cruda y con sabor a orujo de Liébana de lo que supone cruzar los Picos de Europa sin morir en el intento (o en la digestión).
Día 1: San Vicente de la Barquera y el engaño del «llano»
Empecé en San Vicente con la ilusión de un niño y el equipamiento de un astronauta de la NASA. Mi mochila pesaba tanto que, al ponérmela, mis vértebras emitieron un sonido similar al de una bolsa de patatas fritas al abrirse.
El primer error de todo peregrino es creer que «cerca de la costa» significa llano. Mentira. En Cantabria, el llano es una leyenda urbana como el Yeti. Todo es una rampa hacia el cielo. Al llegar a la primera cuesta, me adelantó una señora de 85 años con una vara de avellano y una bolsa de la compra. Me miró, suspiró y me dijo: «¿Vas cansado, rapaz? Pues aún no has visto lo que es una pindia».
Día 2: El encuentro con el «Oso» (o mi propia sombra)
Llegando a la zona de Lamasón, el bosque se volvió cerrado. Yo iba atento a cualquier ruido, recordando todos los documentales de National Geographic sobre el oso pardo cantábrico. De repente, entre los matorrales, un rugido gutural me paralizó el corazón.
Me puse en posición fetal, recité el «Padrenuestro» y le ofrecí mi barrita energética de avena y cartón. Cuando abrí un ojo, no era un oso. Era un paisano durmiendo la siesta bajo un castaño, cuyo ronquido tenía la potencia de un Boeing 747.
«¿Buscas el camino, hijo?», me preguntó al despertar. «Sigue las flechas rojas y, si ves un bicho con pelos, no le des de comer, que luego se malostumbran». Sabio consejo.

Día 3: La Batalla Final contra el Cocido Lebaniego
Llegar a Potes es como entrar en la Tierra Media, pero con más olor a embutido. Me senté en una posada con la intención de comer «algo ligero». El camarero, un hombre que parecía haber sido tallado en piedra caliza, me trajo un Cocido Lebaniego.
Nota técnica: El cocido lebaniego no es un plato, es una emboscada. Primero vienen los garbanzos de Potes (pequeños pero matones), luego la berza y, finalmente, el «compango»: chorizo, morcilla, tocino y el relleno.
A la tercera cucharada, mis arterias empezaron a tocar el himno de Cantabria. A la quinta, vi a Santo Toribio saludándome desde el más allá. Es el único plato del mundo que requiere un permiso de obras para ser digerido. Intenté levantarme, pero mi centro de gravedad se había desplazado permanentemente hacia mis pies.

Día 4: Santo Toribio y el Milagro del Orujo
Llegué al Monasterio de Santo Toribio de Liébana arrastrando los pies como un extra de The Walking Dead. Allí está el Lignum Crucis, el trozo más grande de la Cruz de Cristo. Me arrodillé, no por devoción, sino porque mis rodillas ya no tenían cartílago.
Tras recibir la «Lebaniega» (el certificado de que he sobrevivido), bajé a Potes para la prueba de fuego: La cata de orujo.
- Orujo de hierbas: «Esto cura el alma», dicen. Realidad: Te quita el vello de la nariz de un soplido.
- Crema de orujo: Para los flojos. Sabe a batido de vainilla con ganas de pelea.
- Orujo blanco: Combustible para cohetes. Si bebes mucho, empiezas a hablar en cántabro antiguo y a entender lo que dicen las vacas.
Terminé la jornada bailando una jaca con un grupo de turistas alemanes que creían que el orujo era zumo de manzana. Pobres almas.

Conclusión: ¿Vale la pena el Camino Lebaniego?
Si buscas una experiencia mística, paisajes de ensueño y un motivo para comprarte un pantalón de una talla más grande, el Camino Lebaniego es tu sitio. Volverás con menos pecados, más colesterol y una colección de historias que nadie te creerá en el bar de tu barrio.

















