La calle donde mejor se come en el mundo… está en Galicia
A veces, los premios gastronómicos parecen cosa de grandes ciudades: Tokio, París, Nueva York… esos lugares donde uno imagina chefs con chaquetillas brillantes, laboratorios culinarios y nombres imposibles.
Pero este año ocurrió algo que nadie vio venir —o quizá solo aquellos que conocen bien el alma gallega—: la calle donde mejor se come en el mundo está en Galicia.
Sí, una calle. Una de esas vías que parecen corrientes hasta que hueles el pan recién horneado, escuchas el chisporroteo de la plancha y sientes cómo el aire lleva consigo ese perfume imposible de definir entre mar, humo de leña y tradición.
Una calle que sabe a casa
Dicen que la comida gallega tiene un poder especial: te agarra por dentro y te acoge como una madre que te ha visto crecer.
Quizá por eso esta calle —llena de bares familiares, mesones que llevan décadas abiertos y cocinas donde siempre hay una pota al fuego— ha enamorado a quienes la visitan.
Y es que comer allí no es solo sentarse a la mesa. Es una experiencia que empieza antes, cuando ves a la gente entrar y salir con calma, saludarse por el nombre, comentar si hoy hay marisco bueno o si el caldo salió más sabroso que de costumbre.

El viaje del paladar empieza en lo sencillo
No hace falta un plato de diseño para conquistar al mundo.
A veces basta una ración de pulpo que tiembla sobre la tabla, regado con ese aceite dorado que brilla como un sol pequeño.
O un trozo de empanada aún templada, que se deshace entre los dedos.
O un pan crujiente que, cuando lo partes, parece que respira.
Recuerdo una anécdota inventada —pero perfectamente posible—: un viajero llegó a esta calle con prisa, pensando que solo quería comer algo rápido para seguir su camino.
Acabó quedándose tres horas.
Probó un plato, luego otro… y terminó escuchando historias de marineros, recetas pasadas de generación en generación y secretos que solo se cuentan entre fogones y risas.
Un lugar donde la comida es conversación
Quizá el secreto esté en la forma de comer, más que en lo que se come.
En esta calle nadie se apura.
La comida no es una pausa: es el momento central del día.
Se habla, se brinda, se comparte.
Los cocineros salen a menudo para preguntar si todo va bien, y cada plato parece tener un toque personal, como si cada familia hubiera puesto algo de sí misma en él.
Galicia: sabor, alma y autenticidad
Que una calle gallega sea considerada la mejor del mundo para comer no es solo una sorpresa.
Es un reconocimiento a la autenticidad, a la cocina que no pretende aparentar, que no necesita artificios.
A la cocina que te abraza, que te escucha, que te alimenta más allá del estómago.
Y no importa si eres viajero, peregrino, vecino o turista despistado.
En esa calle —y en muchas otras de Galicia— sales siempre con el corazón lleno y el paladar agradecido.
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