LEYENDAS

Santa María de Eunate: el templo que susurra al viento

Eunate: El templo que susurra al viento

Hay lugares que uno visita sin saber por qué… y se va sin saber cómo explicarlos.
Santa María de Eunate pertenece a ese grupo reducido de rincones que no caben del todo en las palabras. Es como si la piedra hablara en un idioma silencioso que solo se entiende cuando la miras de frente y respiras hondo.

A mí me pasó algo parecido la primera vez que “la conocí” —en realidad fue una mezcla de fotografías, relatos de peregrinos y esa imaginación inquieta que todos tenemos guardada—.
Me encontré imaginando que llegaba caminando, con la hierba alta rozándome las piernas y un viento tan limpio que parecía recién estrenado. Y de repente, ahí estaba: una pequeña iglesia octogonal plantada en mitad del paisaje, humilde y majestuosa al mismo tiempo.

Un templo que parece nacido de un silencio antiguo

La forma de Eunate llama la atención desde lejos. Octogonal, rodeada por una arcada como si fuese un abrazo hecho en piedra. Es una de esas construcciones que no imponen por tamaño, sino por presencia.
De cerca, el silencio golpea más fuerte que cualquier campana.

La piedra tiene ese color cálido, casi dorado, que toma el sol cuando empieza a caer. Y los arcos… los arcos parecen una procesión detenida en el tiempo. Hay 33, pero cuando caminas despacio bajo ellos, da la sensación de que se multiplican, como un eco visual que te envuelve.

Recuerdo —o me invento, para ser honesto— una conversación con un peregrino italiano que me dijo mientras se quitaba la mochila:

—Aquí el silencio no te acompaña… te guía.

Y pensé que tenía razón. Hay silencios que se sienten más vivos que cualquier sonido.

Un misterio sin respuesta única

Eunate nunca se ha dejado encerrar en explicaciones claras. Y quizás ahí reside parte de su magnetismo.
Que si templarios.
Que si hospital de peregrinos.
Que si faro espiritual nocturno.
Que si santuario mariano.

Cada teoría tiene su encanto, pero ninguna termina de convencer del todo. Y lo curioso es que tampoco parece hacer falta.
Es como cuando conoces a alguien y te llega su energía antes que su historia. Eunate funciona igual: te vibra antes de que la entiendas.

Una anciana de la zona —otro personaje inventado, pero que podría existir perfectamente— contaba que su abuela decía que en Eunate “las oraciones vuelan bajo”.
Me encanta esa frase. La imagino señalando el templo con la sabiduría tranquila de quien ha visto demasiados atardeceres como para necesitar explicaciones oficiales.

El significado de “Eunate

La mayoría coincide en una interpretación preciosa: Eunate significa “cien puertas” en euskera.
Y aunque no tenga cien puertas físicas, sí posee una galería perimetral que da la sensación de abrir mil caminos.
Te pones debajo de un arco, luego otro, luego otro… y sientes que cada paso te mueve un poquito hacia dentro de ti mismo.

Es un círculo que no aprieta, un laberinto que no confunde, un abrazo que te permite respirar.

Una luz que parece elegida a mano

Dentro, el templo es una lección de sencillez.
Nada sobra, nada distrae.
La luz entra tímida, como si pidiera permiso, y se desliza por los muros en líneas oblicuas que cambian de tono a lo largo del día.

He oído decir —y lo creo— que hay gente que se sienta en un banco sin intención de quedarse mucho, y luego… pasan diez, veinte, treinta minutos sin que se dé cuenta.
Es un tiempo distinto, más suave, más amable. Como si el reloj también necesitara cerrar los ojos.

Eunate al atardecer: magia sin artificios

No sé si el atardecer es el mejor momento para visitarla, pero desde luego es el más emocionante.
Cuando el sol baja, la piedra se vuelve rojiza y las sombras se alargan sobre la galería como dedos que quieren tocar el suelo. El templo parece cambiar de estado, como si pasara de sólido a líquido durante unos segundos.

Me imagino a un peregrino solitario que llega justo en ese instante.
Deja la mochila en el suelo.
Se sienta, cansado, con esa mezcla de dolor y agradecimiento que solo entiende quien ha caminado mucho.
Y en el silencio de Eunate encuentra algo que no sabía que buscaba.

Quizá una respuesta.
O quizá solo una pausa profunda.
A veces las pausas son respuestas disfrazadas.

Un lugar que no se visita: se vive

Santa María de Eunate no es un templo para mirar deprisa.
No es un “punto turístico” para tachar en una lista.
Es un espacio que te remueve con delicadeza y te deja una sensación difícil de describir pero muy fácil de recordar.

Es el tipo de lugar que, cuando te marchas, te acompaña en silencio.
Un murmullo suave que se queda contigo días, semanas… quizá años.

Tal vez porque no hace ruido.
Tal vez porque no intenta impresionar.
Tal vez porque simplemente es.
Y eso, en un mundo que corre demasiado, ya es un milagro.


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