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De Praga a Finisterre con un caballo, un poni y dos perros

El Camino que no estaba en los mapas: de Praga al fin del mundo junto a un caballo, un poni y dos perros

A veces la vida te lanza una pregunta sin avisar, como quien te da un empujón suave por la espalda: ¿qué harías si no tuvieras que volver?
Pues bien… Jakub decidió contestarla caminando. Y no solo caminando: decidió hacerlo desde Praga, con un caballo grande, un poni pequeño y dos perros que parecían saber más del mundo que la mayoría de nosotros.

Más de 3.000 kilómetros bajo las suelas de sus botas y las pezuñas de sus fieles compañeros. Qué imagen, ¿no? Jakub —que en checo se presenta como lobos errantes— y su tropa tan poco convencional atravesando campos, senderos rurales, puentes que crujen y amaneceres que pintan el cielo con acuarelas que nadie pidió pero que todos admiramos.

Y aquí viene la parte que me gusta: este no era un viaje prediseñado, encajado en etapas y horarios. No. Era un ritmo más antiguo, casi olvidado. Un ritmo que dicen que tienen los animales: pasos que escuchan al viento y responden al silencio. Cada mañana no era un kilómetro más, sino una página nueva con olor a hierba fresca y a lluvia inesperada.

Lo curioso —y en el fondo lo más humano— es que su destino original era Santiago de Compostela, como tantos peregrinos a lo largo de siglos. Pero cuando se acercó a la ciudad, Jakub se topó con algo que lo hizo detenerse a pensar de nuevo: llevar a sus cuatro compañeros a la plaza del Obradoiro implicaba pedir permisos, escoltas, cumplir normas tan densas como una pared. Y en ese momento —al estilo de esas pequeñas epifanías que nos cambian por dentro— dijo: no.
Santiago, con su grandiosa catedral, podía quedarse en la periferia de su historia.

Lo que él quería —con cada paso suave del poni, cada relincho del caballo que parecía tararear canciones, y los ladridos de ánimo de sus perros— era seguir caminando hacia Fisterra, ese lugar antiguo que muchos llaman el fin del mundo. Ese punto donde el océano engulle la línea del horizonte y el camino se funde con la mar.

Y es que hay viajes que no se pueden medir en kilómetros ni sellos en una credencial. Hay peregrinaciones que solo entienden los que se atreven a salir de la lógica habitual. Gente que, como yo en un paseo imaginario, se siente viva cuando el sendero se convierte en diálogo con cada piedra, cada sombra, cada brisa que te peina el rostro sin pedir permiso.

Hubo momentos —imagino— en los que Jakub se rió con sus compañeros animales al cruzar un pueblo dormido. O cuando alguien curioso le preguntó qué hacía con tanta compañía en un sendero solitario y él respondió con esa mezcla de serenidad y ardor que solo conocen quienes caminan libres: que el camino no se encuentre… sino que se siente dentro mientras lo vives.

Y ahora, rumbo a Fisterra, cada paso tiene un valor distinto. No es el objetivo lo que importa, sino la forma en que cada amanecer te ve levantarte con la simple decisión de seguir caminando. Porque hay viajes que empiezan donde otros se detienen.
Y hay peregrinaciones que, como esta, no caben en una credencial ni en un calendario. Caben en la memoria caliente que dejamos en cada huella.


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