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Lo que ningún peregrino te cuenta antes de empezar

Lo que ningún peregrino te cuenta antes de empezar el Camino de Santiago

Antes de hacer el Camino de Santiago, casi todos escuchamos las mismas frases: que es una experiencia única, que te cambia la vida, que conoces gente maravillosa. Todo eso es verdad.
Pero hay otra parte del Camino que nadie suele contar, y que solo se descubre cuando ya estás caminando, mochila a la espalda y dudas en la cabeza.

La primera sorpresa llega pronto: el Camino no empieza cuando echas a andar, empieza cuando algo se te rompe por dentro. Puede ser el cuerpo, con las primeras ampollas, o la mente, cuando te das cuenta de que no puedes ir tan rápido como pensabas. Y ahí, justo ahí, empieza lo de verdad.

Nadie te cuenta que vas a caminar mucho en silencio. No siempre habrá conversaciones profundas ni risas constantes. Habrá tramos largos donde solo escucharás tus pasos, tu respiración y tus propios pensamientos. Para algunos es incómodo. Para otros, revelador.

Tampoco se suele decir que no todos los días son buenos. Hay jornadas grises, etapas duras, momentos de cansancio y ganas de abandonar. El Camino no es una postal permanente. Es real. Y precisamente por eso transforma.

Otra verdad poco mencionada es que la gente que conoces se va. Hoy compartes cena y confidencias, mañana cada uno sigue su ritmo y no os volvéis a ver. El Camino enseña a aceptar despedidas rápidas, sin drama, como la vida misma.

Y luego está algo que desconcierta a muchos peregrinos: cuando llegas a Santiago, no todo se resuelve. Hay emoción, sí. Hay lágrimas. Pero también hay un vacío extraño. El Camino no te da respuestas cerradas, te deja preguntas abiertas para llevarte a casa.

Nadie suele advertir que volver es casi más difícil que llegar. El mundo sigue igual, pero tú no. Y eso obliga a recolocarse, a integrar lo vivido y a entender que el Camino no termina en la Plaza del Obradoiro.

Aun así, quienes lo han hecho lo saben: si pudieran volver atrás, repetirían. Porque el Camino no es cómodo, ni perfecto, ni fácil.
Es honesto.
Y en un mundo lleno de ruido, eso es un regalo.


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