Del silencio a la multitud: La llegada de peregrinos a Santiago se ha multiplicado por siete en un siglo
Si pudiéramos viajar en el tiempo cien años atrás y nos plantáramos en la Plaza del Obradoiro un día cualquiera de 1926, la estampa sería irreconocible. No solo por la falta de cámaras digitales o mochilas de Gore-Tex, sino por el silencio. Según los datos que analiza La Voz de Galicia, la afluencia de peregrinos a la ciudad del Apóstol se ha multiplicado por siete en el último siglo.
Lo que antes era un goteo constante pero discreto de devotos y buscadores, hoy es un fenómeno global que desafía todas las previsiones. Pero, ¿qué significa realmente este «x7» para el espíritu de la ruta?
1. El fin de la «peregrinación de unos pocos»
A principios del siglo XX, hacer el Camino era una rareza, una aventura casi heroica reservada a unos pocos valientes o a la gente de las comarcas cercanas. Hoy, Santiago recibe a personas de más de 180 nacionalidades. El Camino se ha democratizado, se ha globalizado y, sobre todo, se ha diversificado.
Ya no solo caminamos por fe; caminamos por deporte, por salud mental, por desconectar del ruido digital o simplemente por el placer de conocer gente nueva.
2. ¿Por qué este crecimiento explosivo?
Hay varios factores que explican que hoy seamos siete veces más que hace cien años:
- La mejora de las infraestructuras: En 1926, dormir «en el Camino» significaba pedir permiso en un pajar o en una casa particular. Hoy, la red de albergues públicos y privados es la envidia de cualquier ruta de senderismo mundial.
- El impulso institucional: Desde el Xacobeo 93, el Camino se convirtió en una marca de prestigio internacional.
- La búsqueda de lo auténtico: En un mundo cada vez más tecnológico, la sencillez de caminar etapa tras etapa es el «lujo» que todos buscamos.
3. El reto de morir de éxito
No todo son celebraciones. Este crecimiento multiplicado por siete pone sobre la mesa el gran debate de este 2026: la sostenibilidad. Santiago es una ciudad pequeña y su casco histórico tiene un límite. El reto de este siglo ya no es atraer a más gente, sino gestionar a los que venimos para que la experiencia no pierda su alma y la ciudad no se convierta en un parque temático.
El Camino sigue vivo
A pesar de las cifras mareantes, lo cierto es que el sentimiento al entrar en la plaza sigue siendo el mismo. Da igual si eres uno de los diez peregrinos que llegaban hace un siglo o uno de los miles que entran hoy: la emoción de soltar la mochila frente a la Catedral es algo que la estadística no puede multiplicar, porque es única para cada uno.
El Camino ha cambiado de piel, se ha hecho más grande y ruidoso, pero su corazón sigue latiendo con la misma fuerza que hace cien años.
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