Trece años abriendo la puerta del Camino en Cuenca: la casa donde los peregrinos encuentran hogar
Hay lugares que no salen en los mapas turísticos…
pero se quedan grabados en la memoria de quien pasa por ellos.
En Cuenca existe uno de esos lugares: la Casa del Peregrino, un pequeño refugio que lleva trece años abriendo su puerta a quienes caminan hacia Santiago por el Camino de la Lana.
Allí no se reciben turistas.
Se recibe a personas cansadas.
Con polvo en las botas, con historias en la mochila y con silencios que a veces pesan más que el equipaje.
Detrás de esa puerta está Luis, hospitalero y caminante, alguien que ha entendido que el Camino no se cuida solo con señales, sino con gestos.
Una ducha caliente.
Una llave entregada con confianza.
Una conversación cuando hace falta hablar.
Y silencio cuando no hace falta decir nada.
Por la Casa del Peregrino de Cuenca han pasado caminantes de todos los rincones: veteranos que han recorrido media Europa a pie y peregrinos que salieron desde su propia casa con una promesa interior que solo ellos conocen.

Aquí no se cuentan noches.
Se cuentan historias.
Historias de superación, de pérdidas, de búsquedas personales, de agradecimientos.
Historias que continúan su ruta hacia Burgos y Santiago, pero que siempre se llevan un trozo de Cuenca consigo.
Porque este lugar no es solo un albergue.
Es una pausa.
Es un respiro.
Es una mano tendida en medio del camino.
Trece años después del primer día, la Casa del Peregrino sigue cumpliendo la misma función sencilla y enorme:
recordar que el Camino de Santiago también se construye con humanidad.
Y que, a veces, el mayor milagro no es llegar…
sino ser recibido.















