La primera vez que haces el Camino de Santiago todo sorprende. La segunda, sorprendentemente, cambia casi todo. Ya no caminas de la misma manera, no miras igual los kilómetros y empiezas a entender que volver al Camino no significa repetirlo. Significa vivirlo de otra forma.
La primera vez que una persona hace el Camino de Santiago suele llevar muchas preguntas en la mochila.
¿Cuánto queda?
¿Llegaré?
¿Será demasiado duro?
¿Encontraré alojamiento?
¿Necesito realmente todo lo que llevo?
Cada etapa parece una prueba y cada señal amarilla confirma que uno sigue avanzando hacia un destino que todavía parece muy lejano.
Pero luego llega Santiago.
Vuelves a casa.
Pasan unas semanas.
A veces unos meses.
Y sucede algo curioso.
Empiezas a pensar en volver.
Cuando finalmente lo haces, descubres que el segundo Camino no se parece tanto al primero como imaginabas.
El paisaje puede ser parecido.
Las flechas siguen estando ahí.
Pero tú has cambiado.
1. Ya no necesitas demostrar que puedes hacerlo
El primer Camino suele tener una meta muy concreta: llegar.
Cada etapa cuenta.
Cada kilómetro parece importante.
Existe incluso cierta preocupación por cumplir el plan que habíamos preparado antes de salir.
En el segundo Camino esa tensión suele disminuir.
Ya sabes que puedes caminar.
Ya sabes que habrá días malos.
También sabes que un día difícil termina.
Eso permite caminar con menos presión.
Si necesitas parar, paras.
Si una etapa tiene que ser más corta, lo aceptas.
Y si descubres un lugar que merece una hora de descanso, empiezas a entender que quizá esa hora también forma parte del Camino.
2. La mochila pesa menos, aunque lleves casi lo mismo
Quien vuelve al Camino normalmente ha aprendido una de sus primeras grandes lecciones:
casi siempre llevamos demasiado.
En la primera peregrinación aparecen los famosos “por si acaso”.
Una camiseta por si hace frío.
Otra por si hace calor.
Un tercer pantalón.
Una farmacia completa.
Objetos que probablemente no utilizaremos nunca.
La segunda vez la mochila empieza a parecerse más a lo realmente necesario.
Pero hay otro cambio.
Aunque el peso físico sea parecido, psicológicamente pesa menos.
Ya sabes cómo colocarla.
Sabes cuándo ajustar las correas.
Sabes cuándo descansar.
Y, sobre todo, has aprendido que casi cualquier problema tiene solución en el siguiente pueblo.
3. Dejas de mirar continuamente los kilómetros
Durante el primer Camino, muchas conversaciones empiezan con una pregunta:
—¿Cuántos kilómetros faltan?
El teléfono aparece constantemente.
Se consulta la distancia.
Se mira el perfil.
Se calcula la llegada.
En el segundo Camino ocurre algo diferente.
Empiezas a medir las etapas de otra manera.
Una fuente.
Un café.
Una iglesia.
Un bosque.
Una conversación.
La distancia sigue siendo importante, pero deja de gobernar completamente el día.
Algunos de los mejores momentos ocurren precisamente cuando uno deja de mirar cuánto falta.
4. Hablas más con la gente
En el primer Camino uno suele estar muy pendiente de su propio cuerpo.
Los pies.
La mochila.
El cansancio.
El siguiente alojamiento.
En el segundo aparece más espacio para mirar alrededor.
Y eso cambia completamente la experiencia.
Empiezas a conversar con el hospitalero.
Preguntas al vecino del pueblo.
Te sientas con alguien que camina más despacio.
Escuchas historias.
El Camino sigue siendo un recorrido físico, pero empieza a parecerse mucho más a una sucesión de encuentros.
Y muchas veces esos encuentros terminan siendo lo que realmente recuerdas años después.
5. Las ampollas dejan de ser una tragedia
El primer dolor puede parecer el fin del mundo.
Una ampolla.
Una rodilla que protesta.
Un día de lluvia.
Un alojamiento que no era como esperábamos.
Todo parece enorme porque todavía no sabemos cómo responder.
La segunda vez aparecen los mismos problemas.
Pero cambia nuestra reacción.
Sabemos tratar una pequeña ampolla antes de que empeore.
Sabemos que una jornada de lluvia termina.
Sabemos que después de una subida siempre habrá una bajada.
La experiencia no elimina las dificultades.
Simplemente hace que dejen de dominar el Camino.
6. Santiago deja de ser el único objetivo
La primera vez, Santiago ejerce una fuerza enorme.
Cada señal con los kilómetros restantes recuerda constantemente la meta.
La plaza del Obradoiro parece el final de todo.
Pero cuando uno vuelve, empieza a descubrir algo extraño.
Santiago sigue siendo importante.
Pero ya no es lo único.
Quizá esperas más aquel pequeño pueblo.
Un albergue que recuerdas.
Una conversación al atardecer.
Un tramo de bosque.
Una cerveza después de una etapa larga.
A veces incluso empiezas a sentir cierta tristeza cuando los kilómetros que faltan para Santiago disminuyen.
Porque ya sabes lo que significa llegar.
También sabes lo que significa terminar.
7. Descubres que nunca haces el mismo Camino
Esta es probablemente la gran sorpresa.
Puedes recorrer exactamente la misma ruta.
Dormir en los mismos pueblos.
Atravesar las mismas plazas.
Y, sin embargo, vivir algo completamente diferente.
Han cambiado las personas.
Ha cambiado el tiempo.
Ha cambiado el paisaje.
Y has cambiado tú.
Por eso existen peregrinos que vuelven una y otra vez.
No necesariamente buscan descubrir una ruta nueva.
A veces quieren comprobar qué encuentran en una ruta que ya conocen.
Porque el Camino tiene una particularidad difícil de explicar a quien nunca lo ha recorrido:
el lugar puede ser el mismo, pero la experiencia nunca lo es.
La segunda vez empiezas a entender algunas cosas
Quizá durante el primer Camino todavía pensamos demasiado en completar una experiencia.
Queremos hacerla bien.
Queremos llegar.
Queremos conseguir la Compostela.
Queremos llevarnos fotografías.
La segunda vez muchas de esas cosas siguen importando.
Pero aparecen otras.
Caminar sin prisa.
Escuchar.
Dormir cansado.
Despertarse temprano.
Sentarse frente a una iglesia cerrada sin necesidad de entrar.
Compartir comida con alguien cuyo apellido probablemente olvidaremos.
El Camino se vuelve menos extraordinario y, curiosamente, mucho más profundo.
¿Y la tercera vez?
Ahí empieza otro problema.
Porque después del segundo Camino uno ya sabe perfectamente lo que ocurre.
Dice que será el último.
Vuelve a casa.
Guarda la mochila.
Coloca la credencial en algún cajón.
Y unos meses después abre un mapa.
Solo para mirar.
Eso dice.
Pero todos sabemos cómo termina esa historia.
El Camino no siempre consigue que quieras llegar. A veces consigue algo mucho más peligroso: que quieras volver.
















