Durante casi veinte años, Alegría Bernardino Sánchez estuvo al otro lado.
Era ella quien acompañaba a personas con discapacidad o movilidad reducida para que pudieran cumplir el sueño de peregrinar. El Camino de Santiago, Fátima o Lourdes fueron algunos de esos destinos en los que ayudó a otros a seguir avanzando cuando hacerlo solos resultaba difícil.
Esta vez los papeles cambiaron.
Con movilidad reducida y atravesando una situación personal complicada tras ser diagnosticada de cáncer, Alegría tenía un deseo: regresar al Camino de Santiago.
Y esta vez fueron otros quienes caminaron por ella.
Cinco kilómetros que valen mucho más
Alegría viajó desde Murcia hasta Galicia gracias a la Fundación Ambulancia del Deseo, una organización dedicada a hacer posibles deseos especialmente importantes para personas que atraviesan situaciones delicadas.
El objetivo no era recorrer cientos de kilómetros.
No hacía falta.
Los últimos cinco kilómetros del Camino Francés bastaban para cerrar una historia que había comenzado muchos años antes.
Alegría realizó ese tramo acompañada por familiares, profesionales de la residencia Ballesol Altorreal, representantes del grupo y voluntarios de la Fundación Ambulancia del Deseo.
Cada metro tenía un significado especial.
Durante años había sido ella quien ayudaba a otros peregrinos a superar sus limitaciones para llegar a Santiago.
Ahora era Alegría quien necesitaba que alguien estuviera a su lado.

De acompañar a ser acompañada
La idea de devolverle parte de todo aquello que había hecho por otras personas surgió después de que Sergio Moreno, psicólogo de la residencia en la que vive, conociera con mayor profundidad su relación con el Camino.
El propio Moreno había realizado la peregrinación y comprendió lo importante que Santiago continuaba siendo para ella.
A partir de ahí comenzó a tomar forma el viaje.
No se trataba simplemente de organizar una excursión a Galicia.
Se trataba de devolver a Alegría a uno de los lugares que habían marcado su vida.
Durante casi dos décadas dedicó parte de su tiempo a acompañar a enfermos y personas con dificultades de movilidad en diferentes peregrinaciones.
Esta vez alguien tenía que hacer lo mismo por ella.
Volver a Santiago
La llegada a Compostela reunió a quienes hicieron posible el viaje y convirtió los últimos kilómetros en algo muy diferente a una etapa convencional.
Para cualquier peregrino, alcanzar Santiago puede ser uno de los momentos más intensos del Camino.
Pero hay ocasiones en las que la distancia recorrida importa poco.
Cinco kilómetros pueden significar más que quinientos.
En el caso de Alegría, regresar al Camino suponía reencontrarse con una parte importante de su propia historia.
La misma ruta en la que durante años estuvo pendiente de los demás se convirtió ahora en el lugar donde otros pudieron cuidarla.

El Camino también puede ser esto
Historias como la de Alegría recuerdan una dimensión del Camino que algunas veces queda escondida detrás de las cifras de peregrinos, los récords anuales o las estadísticas de llegadas.
La peregrinación también está hecha de personas que empujan una silla, esperan a quien camina más despacio, adaptan una etapa o simplemente permanecen al lado de alguien que necesita ayuda.
No todos recorren el Camino de la misma manera.
Ni todos pueden hacerlo caminando.
La inclusión ha ido ganando espacio durante los últimos años gracias al trabajo de asociaciones, voluntarios y proyectos que intentan conseguir que las limitaciones físicas no conviertan Santiago en una meta imposible.
Alegría conocía muy bien ese trabajo.
Formó parte de él durante años.
Un Camino de ida y vuelta
Quizá por eso su regreso tiene algo de círculo cerrado.
Primero fue ella quien ayudó a otros a llegar.
Muchos años después, cuando sus propias circunstancias hicieron que necesitara ayuda, encontró personas dispuestas a devolverle aquel gesto.
El Camino cambió.
También cambió su forma de recorrerlo.
Pero Santiago seguía al final.
Y esta vez Alegría no tuvo que preocuparse de ayudar a nadie.
Solo tuvo que dejarse acompañar.
















