Peregrinos, turistas, mochilas, grupos, colas y maletas han tomado el centro de Compostela. Los visitantes están encantados; algunos vecinos empiezan a sospechar que viven dentro de un albergue gigante.
SANTIAGO DE COMPOSTELA.– Agosto ha llegado a Santiago y con él una de las tradiciones estivales más consolidadas de la ciudad: intentar atravesar el casco histórico sin chocarte con una mochila.
No es fácil.
Hay peregrinos delante.
Peregrinos detrás.
Peregrinos haciéndose una foto.
Peregrinos grabando cómo se hacen una foto.
Y alguien grabando al peregrino que está grabando cómo se hace una foto.
Encontrar actualmente a un vecino de Santiago en determinadas zonas del centro comienza a ser más complicado que conseguir una cama libre en Sarria un sábado de agosto.
La enorme afluencia de peregrinos y turistas está llenando las calles y accesos a la Catedral en estos días de temporada alta. La situación es especialmente visible en puntos como Praterías, donde se han registrado esperas de hasta una hora para acceder al templo.
Y mientras los peregrinos llegan emocionados pensando:
—¡Por fin Santiago!
Algunos vecinos probablemente miran por la ventana pensando:
—Sí. Santiago. Aquí vivimos nosotros.
La Rúa do Franco ya tiene circulación propia
Circular por la Rúa do Franco en agosto requiere técnica.
No sirve simplemente caminar.
Hay que dominar el slalom compostelano.
Primero esquivas una mochila de 60 litros.
Después una pareja mirando Google Maps.
A continuación aparece un grupo de quince personas parado exactamente en el punto más estrecho de la calle debatiendo dónde comer pulpo.
Superado ese obstáculo, llega el nivel avanzado:
el peregrino que se detiene de golpe delante de ti porque acaba de ver la Catedral.
El vecino experimentado ya sabe reaccionar.
Amaga por la izquierda.
Cambio de ritmo.
Mira el bastón.
Calcula la trayectoria de la mochila.
Y adelanta por la derecha.
Si consigue llegar al supermercado sin recibir un bastonazo accidental, obtiene automáticamente la Compostela.
El Obradoiro se ha convertido en el salón de casa más grande de Europa
Llegar al Obradoiro después de caminar cientos de kilómetros emociona.
Eso es indiscutible.
Hay abrazos.
Lágrimas.
Gritos.
Fotos.
Vídeos.
Videollamadas.
Peregrinos tumbados en el suelo.
Bicicletas levantadas.
Banderas.
Grupos cantando.
Y aproximadamente 4.700 intentos diarios de conseguir una fotografía en la que parezca que no había absolutamente nadie más en la plaza.
Ese es probablemente el verdadero milagro de Santiago.
No el Botafumeiro.
Conseguir una foto solo delante de la Catedral el 9 de agosto.
Y luego llegaron los grupos
Los grupos numerosos añaden otra dimensión al asunto.
Esta misma semana ha generado polémica la llegada de un grupo de jóvenes peregrinos que entró por el centro histórico cantando y bailando hasta el Obradoiro. Las imágenes provocaron críticas relacionadas con el ruido y la convivencia con quienes residen en la zona histórica.
Aquí aparecen las dos Españas del Camino.
El peregrino:
—¡HEMOS LLEGADOOOOOO! 🎉🎉🎉
El vecino:
—Enhorabuena. Pero son las tantas y mañana trabajo.
Y ambos tienen, en parte, razón.
Después de caminar 200, 400 u 800 kilómetros es bastante difícil llegar al Obradoiro diciendo:
—Bueno, pues ya estaría.
Normalmente uno quiere abrazar hasta al señor que está descargando cerveza.
Pero también conviene recordar una pequeña peculiaridad de Santiago:
el casco histórico no es un decorado de Netflix.
Hay gente viviendo dentro.
La invasión de la maleta con ruedas
Y atención, porque no todo son peregrinos.
El auténtico sonido del verano compostelano quizá ya no sean las campanas de la Catedral.
Es:
TRRRRRRRRRRRRRRRRR.
Una maleta.
TRRRRRRRRRRRRRRRRR.
Otra maleta.
Porque las preciosas calles empedradas de Santiago tienen muchas virtudes.
Ser silenciosas cuando alguien arrastra una maleta de veinte kilos a las siete de la mañana no está entre ellas.
El propietario de la maleta piensa:
—Qué bonito el pavimento histórico.
El vecino desde la cama:
—Como encuentre al de la Samsonite…
Las colas: la última etapa del Camino
También tenemos la gran novedad de este verano:
Etapa 34: Praterías–Puerta de la Catedral.
Distancia: 87 metros.
Duración estimada: una hora.
Dificultad: alta.
Desnivel: irrelevante.
Principal amenaza: perder la paciencia.
En determinados momentos de máxima afluencia se están produciendo largas esperas para entrar en la Catedral, especialmente alrededor de las horas de mayor concentración de visitantes.
Después de cruzar los Pirineos, subir O Cebreiro y sobrevivir a las ampollas, el peregrino descubre al llegar que todavía quedaba una última prueba.
La cola.
Ahí se demuestra quién ha interiorizado realmente los valores del Camino.
Paciencia.
Humildad.
Solidaridad.
Y no intentar colarte diciendo:
—Perdona, es que yo vengo desde Roncesvalles.
Señora, todos vienen de algún sitio.
A la cola.
El vecino compostelano, especie protegida
Mientras tanto, la vida cotidiana continúa.
Hay gente que necesita comprar pan.
Ir al trabajo.
Sacar al perro.
Dormir.
Entrar en su portal.
Actividades aparentemente sencillas que en agosto pueden convertirse en una gymkhana jacobea.
Imagínate salir de casa medio dormido para comprar leche y encontrarte 42 coreanos fotografiando tu puerta.
Tú piensas:
—Vivo aquí.
Ellos:
—Amazing medieval house!
Y probablemente tu edificio sea de 1997.
Pero tampoco nos volvamos locos
Porque hay otra realidad.
Santiago es Santiago precisamente por el Camino.
Los peregrinos forman parte de su historia desde hace más de mil años.
Traen vida.
Cultura.
Historias.
Actividad económica.
Idiomas.
Restaurantes llenos.
Hoteles.
Comercio.
Y escenas maravillosas que ocurren diariamente alrededor de la Catedral.
El problema no son los peregrinos.
Ni los vecinos.
El problema aparece cuando olvidamos que el mismo espacio pertenece a ambos.
El peregrino merece celebrar uno de los momentos más emocionantes de su vida.
Y el vecino merece poder dormir sin escuchar a 35 personas interpretando Clavelitos debajo de su ventana.
No parece una negociación imposible.

Manual rápido de convivencia compostelana
Al peregrino:
Celebra.
Abraza.
Llora.
Hazte 700 fotografías.
Túmbate en el Obradoiro.
Llama a tu madre.
Besa el suelo si te apetece.
Pero recuerda que detrás de algunas ventanas hay gente intentando echar la siesta.
Al vecino:
Respira.
Agosto terminará.
Sobreviviste al año pasado.
Sobrevivirás a este.
Y si todo falla, siempre puedes colocarte una mochila, una concha y caminar cinco kilómetros detrás de un grupo.
Quizá termines haciendo amigos.
Santiago tiene un problema maravilloso
Pocas ciudades pueden decir que miles de personas sueñan durante meses con llegar caminando hasta ellas.
Ese éxito genera problemas.
Masificación.
Ruido.
Colas.
Vivienda.
Turistificación.
Convivencia.
Todo eso debe tomarse en serio.
Pero tampoco deberíamos perder el sentido del humor.
Porque esta ciudad lleva aproximadamente mil años viendo llegar gente cansada, emocionada, hambrienta y con ganas de celebrarlo.
Probablemente seguirá haciéndolo otros mil.
Así que este agosto, si visitas Santiago, recuerda:
el peregrino está de paso.
El vecino se queda.
Y si eres vecino y ves aparecer otras 200 mochilas por la esquina…
Bueno.
Paciencia.
Mañana llegarán otras 200.
















