Da igual que estés en Galicia, Castilla y León, Asturias, Portugal, Navarra o Francia. Quien ha hecho varias etapas del Camino de Santiago sabe que los albergues cambian, las camas cambian, los pueblos cambian y hasta el menú del día cambia. Pero hay algo que se repite con una precisión casi científica: los personajes.
Cada noche, después de caminar durante horas, vuelven a aparecer los mismos perfiles. A veces cambian de nacionalidad, otras veces de edad, pero su comportamiento es sospechosamente parecido. Y si has dormido alguna vez en un albergue de peregrinos, probablemente reconocerás a más de uno.
1. El madrugador de las 4:45
Es una especie perfectamente adaptada a la oscuridad.
Nadie sabe exactamente por qué tiene tanta prisa. El siguiente pueblo está a doce kilómetros, el desayuno no abre hasta las siete y fuera hace frío. Pero él considera que las 4:45 de la madrugada es una hora razonable para empezar a preparar la mochila.
Primero abre una bolsa de plástico.
Después otra.
Luego descubre que ha guardado el calcetín que necesita en el fondo de la mochila y comienza una excavación arqueológica entre camisetas, cargadores, botellas, fruta y objetos que nadie entiende por qué ha llevado al Camino.
Finalmente enciende una linterna frontal capaz de iluminar un aeropuerto.
En menos de cinco minutos ha despertado a toda la habitación.
Cuando sale del albergue, cierra la puerta con muchísimo cuidado y se marcha convencido de una cosa: nadie se ha dado cuenta.

2. El cirujano de los pies
Después de la ducha comienza la operación.
Coloca sobre la mesa vendas, agujas, hilo, Compeed, esparadrapo, crema, vaselina, tijeras y productos cuya existencia desconocías hasta ese momento.
Se sienta, levanta un pie y lo observa con la misma concentración que un especialista antes de una intervención complicada.
—Tengo una pequeña ampolla.
La “pequeña ampolla” parece tener código postal propio.
Los demás peregrinos intentan no mirar, especialmente quienes están cenando.
Pero es imposible.
El cirujano de los pies limpia, pincha, protege, venda y analiza cada dedo mientras explica con absoluta tranquilidad qué le ocurrió en la etapa anterior.
Después guarda todo su material y dice:
—Mañana, como nuevo.
Nadie está completamente seguro.

3. El peregrino tecnológico
Su principal preocupación no son las ampollas.
Tampoco la lluvia.
Ni siquiera las cuestas.
Su verdadero enemigo es una frase:
—Solo tenemos dos enchufes.
Lleva teléfono móvil, reloj GPS, auriculares, cámara de acción, otra cámara, batería externa, una segunda batería externa por si falla la primera y varios cables que parecen pertenecer a una estación espacial.
Nada más llegar al albergue inspecciona las paredes.
No busca una cama.
Busca electricidad.
Cinco minutos después ha convertido una pequeña mesa en un centro de operaciones tecnológicas.
Mientras los demás preguntan dónde pueden lavar la ropa, él pregunta:
—¿Aquí llega bien el wifi?
El Camino puede haberse recorrido durante mil años sin teléfonos móviles, pero él no está dispuesto a arriesgarse a hacer una etapa sin registrar cada metro.

4. El que mañana hará “solo 42 kilómetros”
Este personaje resulta especialmente difícil de comprender cuando tú acabas de completar una etapa de 23 kilómetros y necesitas apoyarte en las paredes para subir las escaleras.
Está sentado tranquilamente tomando una cerveza.
Alguien pregunta:
—¿Hasta dónde vas mañana?
Y responde:
—No mucho. Solo 42 kilómetros.
Silencio.
Alguien deja caer el tenedor.
Otro peregrino mira el mapa intentando averiguar si existe algún error.
Pero no.
Son 42 kilómetros.
Lo más preocupante es que parece contento.
Te explica que normalmente hace 35 o 40, que tiene “buen ritmo” y que probablemente llegue antes de comer.
A la mañana siguiente tú empiezas a caminar con las piernas todavía negociando contigo.
Él ya lleva veinte kilómetros.

5. El peregrino que lo trae todo
Su mochila pesa demasiado.
Todo el mundo se lo ha dicho.
Pero cuando llega la hora de cenar empiezas a comprender por qué.
Abre una cremallera y aparece pan.
Otra cremallera: queso.
Después jamón.
Chocolate.
Fruta.
Frutos secos.
Una pequeña botella de vino.
Algo que preparó su madre.
Y posiblemente alguna lata que lleva viajando desde Saint-Jean-Pied-de-Port.
En cinco minutos alrededor de su mesa hay seis peregrinos.
En diez minutos, doce.
A los quince minutos ya nadie recuerda de qué país es cada uno.
El idioma oficial pasa a ser el pan con queso.
Es probablemente uno de los personajes más queridos de cualquier albergue.
Porque en el Camino compartir comida tiene una capacidad extraordinaria para convertir desconocidos en compañeros.

6. El roncador
Existe una característica común en prácticamente todos los grandes roncadores:
Ellos aseguran que no roncan.
—Mi mujer dice que alguna vez hago un poco de ruido.
Esa noche descubres que su mujer es una persona extraordinariamente prudente.
A las once comienza suavemente.
A las doce ya parece un motor diésel.
A la una de la madrugada la litera vibra.
A las dos, varios peregrinos han probado tapones, almohadas sobre la cabeza y técnicas de meditación.
Nada funciona.
Lo más sorprendente es observar al roncador.
Duerme profundamente.
En paz.
Feliz.
A la mañana siguiente se levanta descansado y pregunta:
—¿Qué tal habéis dormido?
En ese momento el Camino enseña otra de sus grandes virtudes: el autocontrol.

7. El filósofo del Camino
Lo conociste esta tarde.
No sabes su apellido.
Probablemente mañana seguiréis rutas diferentes.
Sin embargo, antes de cenar ya conoces parte de su vida.
Te cuenta por qué decidió caminar, qué ocurrió con su trabajo, cómo terminó una relación, qué piensa sobre el dinero, la felicidad, la amistad y el sentido de la existencia.
Todo empezó con una pregunta sencilla:
—¿De dónde vienes?
Tres horas después estáis hablando sobre decisiones que nunca habíais contado a nadie.
Y quizá esta sea una de las cosas más curiosas del Camino de Santiago.
Las conversaciones suceden deprisa.
Las personas saben que posiblemente no volverán a encontrarse y eso elimina muchas barreras.
El filósofo puede resultar intenso.
Pero también suele ser quien recuerda que detrás de cada mochila existe una historia.

Y seguramente falta alguno
Podríamos añadir muchos más.
El que lleva una mochila gigantesca durante la primera etapa y empieza a regalar cosas en la segunda.
El que asegura que nunca utiliza transporte pero conoce perfectamente todos los horarios de autobús.
El peregrino que se pierde siguiendo una flecha amarilla enorme.
La persona que llega diciendo que hará únicamente cien kilómetros y termina pensando en su próximo Camino antes incluso de llegar a Santiago.
Porque el Camino no está formado únicamente por rutas, monumentos y paisajes.
También está construido con personajes.
Con personas agotadas, divertidas, silenciosas, generosas, exageradas, emocionadas o completamente despistadas.
Y quizá por eso, años después, muchos peregrinos recuerdan perfectamente una cena improvisada en un albergue aunque hayan olvidado el nombre del pueblo.
Al final, todos hemos sido alguna vez uno de estos siete.
Y probablemente más de uno.


















