Acantilados, playas, pueblos marineros y el sonido del Cantábrico acompañan al peregrino en algunas de las etapas más espectaculares del Camino de Santiago
Hay peregrinos que buscan silencio. Otros quieren historia, espiritualidad o el ambiente de los grandes albergues. Y hay quienes sueñan con algo diferente: caminar hacia Santiago con el mar apareciendo una y otra vez en el horizonte.
Para ellos existe un Camino especialmente hermoso.
El Camino de Santiago por la costa, asociado principalmente al Camino del Norte y a sus variantes costeras, recorre buena parte de la cornisa cantábrica antes de dirigirse hacia el interior de Galicia. Es una sucesión de playas, acantilados, verdes montañas, pequeños puertos pesqueros y localidades donde la tradición marinera se mezcla con siglos de peregrinación.
No es necesariamente el Camino más sencillo.
Pero puede ser uno de los más difíciles de olvidar.

Despertarse y volver a encontrar el Cantábrico
Una de las grandes diferencias respecto al Camino Francés es el paisaje.
Aquí el peregrino puede comenzar una etapa escuchando las olas, caminar entre prados durante varias horas y terminar contemplando un atardecer sobre el Cantábrico.
El océano aparece y desaparece.
A veces se encuentra a pocos metros.
Otras veces se contempla desde lo alto de una colina.
Y en determinados tramos, después de una subida exigente, volver a descubrir el azul del mar al fondo se convierte casi en una recompensa.
Un Camino entre el verde y el azul
El norte de España ofrece una combinación difícil de encontrar en otras rutas jacobeas.
A un lado, montañas y bosques.
Al otro, el Cantábrico.
Entre ambos, el Camino.
El recorrido atraviesa el País Vasco, Cantabria, Asturias y Galicia, pasando por ciudades, villas marineras y pequeñas aldeas.
San Sebastián, Zarautz, Castro Urdiales, Laredo, Santander, Santillana del Mar, Comillas, San Vicente de la Barquera, Llanes o Ribadesella son algunos de los nombres que forman parte del universo del Camino del Norte.
Pero muchas veces son los lugares más pequeños los que terminan sorprendiendo al peregrino.
Cantabria, uno de sus grandes escenarios
El paso por Cantabria ofrece algunas estampas especialmente vinculadas al mar.
El peregrino encuentra playas enormes, bahías, acantilados y localidades históricas mientras avanza hacia Asturias.
Hay momentos en los que resulta difícil saber si uno está realizando una peregrinación o atravesando una sucesión de postales.
Pero el paisaje puede engañar.
Detrás de tanta belleza también aparecen desniveles, kilómetros acumulados y jornadas que exigen una buena preparación física.

No todo son paseos por la playa
Decir «Camino por la costa» puede hacer pensar en largas etapas completamente llanas junto al mar.
La realidad es bastante diferente.
El Camino del Norte presenta continuas subidas y bajadas. Además, dependiendo del itinerario elegido, no siempre se camina pegado al litoral.
Hay carreteras, pistas, caminos rurales y tramos interiores.
Precisamente esa variedad forma parte de su personalidad.
Por eso conviene preparar las etapas con antelación, especialmente si se realiza por primera vez o se lleva una mochila pesada.
El clima también forma parte de la aventura
El verde del norte tiene un precio.
La lluvia.
Incluso durante el verano puede aparecer inesperadamente, por lo que un buen impermeable y protección para la mochila son compañeros prácticamente imprescindibles.
Pero después de la lluvia también llegan algunos de los momentos más hermosos.
El olor de los bosques.
La niebla levantándose sobre las montañas.
El cielo abriéndose sobre el Cantábrico.
Y esa luz especial del norte que transforma completamente el paisaje.
Pueblos donde el Camino sabe a mar
Hacer el Camino por la costa también significa descubrir otra gastronomía.
Pescados recién llegados a puerto, mariscos, anchoas, quesos, sidra, fabada, cocidos y platos tradicionales acompañan el recorrido.
Después de veinte o veinticinco kilómetros, sentarse en un pequeño establecimiento de un pueblo marinero puede convertirse en uno de los grandes momentos de la jornada.
Porque el Camino también se conoce alrededor de una mesa.
¿Es mejor que el Camino Francés?
No.
Tampoco es peor.
Es diferente.
El Camino Francés ofrece una infraestructura extraordinaria, un enorme patrimonio histórico y ese ambiente internacional que ha convertido determinadas etapas en auténticos puntos de encuentro entre peregrinos de todo el mundo.
El Camino del Norte ofrece otra sensación.
En numerosos tramos existe mayor tranquilidad y el paisaje adquiere un protagonismo enorme.
Para quienes disfrutan especialmente de la naturaleza y del mar, puede ser una elección extraordinaria.
El precio de tanta belleza
También hay que advertirlo: esta ruta puede resultar físicamente exigente.
Las piernas notan los desniveles.
Las distancias entre determinados servicios pueden requerir planificación.
Y el tiempo puede cambiar rápidamente.
Por eso no conviene enfrentarse al Camino del Norte pensando únicamente en las fotografías espectaculares que aparecen en las redes sociales.
Detrás de cada imagen perfecta existen kilómetros de esfuerzo.
Y precisamente por eso la recompensa sabe mejor.

Hasta que el mar queda atrás
Llegará un momento en el que el peregrino tendrá que despedirse progresivamente del Cantábrico.
El Camino buscará el interior.
Santiago estará cada vez más cerca.
Y probablemente entonces ocurra algo curioso.
Después de tantos días caminando junto al océano, empezará a echarse de menos.
Su ruido.
Su olor.
El viento.
Los pequeños puertos.
Las playas al amanecer.
Porque existen muchos caminos para llegar hasta Santiago de Compostela.
Pero pocos permiten caminar durante tantos kilómetros acompañado por uno de los mejores compañeros de viaje posibles:
el mar.
















