¿Quién dijo que el mayor premio del Camino era la Compostela? Hay quienes vuelven a casa con algo mucho más valioso: una historia de amor.
Dicen que el Camino de Santiago transforma a las personas. Lo que nadie te cuenta antes de salir es que también puede transformar tu estado sentimental.
Miles de peregrinos comienzan la aventura diciendo aquello de:
«Yo vengo a caminar, a desconectar y a encontrarme conmigo mismo.»
Tres días después ya están preguntando en recepción:
«¿Ha salido ya la chica italiana?»
O…
«¿Sabéis dónde duerme el chico alemán?»
Y es que el Camino tiene un extraño poder. Aquí las conversaciones empiezan preguntando por las ampollas y terminan hablando de la infancia, de los sueños, de la familia y hasta de cómo sería vivir juntos.
Todo… caminando.
No existe una aplicación de citas más eficaz que compartir treinta kilómetros bajo el sol.
En el Camino no hace falta impresionar con un coche.
Basta con ofrecer una tirita.
O un poco de crema para los pies.
Si además compartes un plátano en una subida… ya estás prácticamente prometido.
Los veteranos conocen perfectamente los síntomas.
El primero aparece cuando empiezas a acelerar el paso para alcanzar siempre a la misma persona.
Después descubres que, casualmente, ambos queréis dormir en el mismo albergue.
Más tarde os dais cuenta de que siempre coincidís en el desayuno.
Y cuando llegan los últimos cien kilómetros… ya nadie camina solo.
Lo curioso es que en el Camino desaparecen muchas de las barreras de la vida cotidiana.
Da igual la edad.
Da igual el idioma.
Da igual el país.

Aquí puedes ver a un japonés hablando durante horas con una brasileña utilizando únicamente cuatro palabras en inglés, muchas sonrisas y un traductor del móvil.
Y funciona.
Porque en el Camino se habla un idioma universal.
El de las personas que caminan juntas.
También existe otro fenómeno muy curioso.
Hay peregrinos que el primer día hacen treinta kilómetros.
Pero cuando aparece alguien especial…
Milagrosamente empiezan a hacer quince.
Eso sí…
Con ocho paradas para tomar café.
Cinco para hacer fotografías.
Tres para contemplar el paisaje.
Y otras seis porque «qué banco más bonito para descansar».
Las despedidas son, probablemente, el momento más duro.
Después de compartir una semana, diez días o incluso un mes caminando juntos, llega Santiago.
Uno vuelve a Canadá.
La otra regresa a Sevilla.
Otro se marcha a Corea.
Y una peregrina pone rumbo a Argentina.
Entonces aparecen las promesas.
«Nos veremos.»
«Vendré a visitarte.»
«El año que viene hacemos el Camino Portugués.»
Algunas historias terminan allí.
Otras apenas están comenzando.
Lo que sí está demostrado es que muchas parejas actuales se conocieron precisamente en el Camino de Santiago.
Algunas incluso regresan años después con sus hijos para enseñarles el albergue donde se conocieron o el banco donde compartieron su primer desayuno.
Quizá por eso muchos peregrinos dicen que el verdadero milagro del Camino no consiste únicamente en llegar a Santiago.
Consiste en descubrir personas que aparecen justo cuando más las necesitas.
Porque algunos encuentran paz.
Otros encuentran respuestas.
Y unos cuantos… encuentran el amor.
Así que, si este verano decides hacer el Camino de Santiago y alguien te pregunta:
«¿Vienes solo?»
No respondas demasiado rápido.
En el Camino… eso puede cambiar en la siguiente etapa.
















