Primer pecado del peregrino: llenar la mochila de “por si acaso”. El Camino tiene una curiosa capacidad para demostrarte, kilómetro a kilómetro, que necesitabas bastante menos de lo que pensabas.
Hay un momento maravilloso antes de hacer el Camino de Santiago por primera vez. Extiendes la mochila encima de la cama, colocas todo alrededor y empiezas a preparar cuidadosamente aquello que consideras imprescindible.
Dos pantalones.
Tres camisetas.
Un forro polar.
Otro más fino, por si acaso.
Chubasquero.
Zapatillas para caminar.
Calzado para descansar.
Chanclas.
Una sudadera.
Un libro, porque seguramente tendrás muchísimo tiempo para leer.
Una batería externa capaz de arrancar un tractor.
Botiquín para sobrevivir tres meses aislado en el Himalaya.
Y entonces aparece la expresión más peligrosa en la historia del peregrino:
«Esto también, por si acaso».
Cuando terminas, contemplas orgulloso tu obra.
La mochila pesa doce kilos.
Tú pesas setenta.
Pero no pasa nada.
Has leído en internet que el Camino transforma a las personas.
Lo que todavía no sabes es que la primera transformación probablemente consistirá en convertirte en una mula de carga.
Día 1: «No pesa tanto»
Sales por la mañana lleno de ilusión.
Mochila perfectamente ajustada. Botas impecables. Credencial preparada. Fotografía para Instagram.
Los primeros tres kilómetros son maravillosos.
A los ocho empiezas a notar ligeramente los hombros.
A los doce descubres que aquel segundo pantalón quizá no era estrictamente necesario.
A los diecisiete empiezas a negociar mentalmente con tus pertenencias.
Y cuando llegas al albergue sucede algo extraordinario.
Abres la mochila y contemplas objetos que apenas unas horas antes considerabas imprescindibles como si fueran tus peores enemigos.
¿Para qué demonios traje esto?
Bienvenido al Camino.
El gran enemigo: «por si acaso»
Una mochila pesada rara vez se llena con una única cosa absurda.
El problema son las pequeñas decisiones.
Una camiseta más.
300 gramos.
Otro pantalón.
400 gramos.
Un neceser enorme.
500 gramos.
Un segundo calzado demasiado pesado.
700 gramos.
Una botella gigantesca.
Un cargador adicional.
Un libro.
Una toalla demasiado grande.
Una sudadera que probablemente no vas a utilizar.
Uno por uno parecen inocentes.
Juntos pueden añadir varios kilos.
Y hay una característica maravillosa del peso: lo que por la mañana parece soportable puede convertirse en una condena después de veinte kilómetros.
«Pero es solo medio kilo»
Esta es otra de las frases clásicas.
Claro.
Medio kilo no parece nada.
Coge una botella de agua de medio litro y sostenla durante treinta segundos.
No ocurre absolutamente nada.
Ahora imagina transportarla durante cinco, seis o siete horas, subiendo y bajando caminos, durante varios días consecutivos.
La conversación cambia.
Por eso preparar una mochila no consiste únicamente en preguntarse:
«¿Puedo llevar esto?»
La pregunta correcta es:
«¿Realmente necesito cargar con esto todos los días?»
¿Cuánto debería pesar una mochila?
Aquí conviene abandonar las bromas durante un momento.
No existe un peso mágico válido para absolutamente todo el mundo. Depende de la constitución física, época del año, duración, ruta, alojamiento, necesidades personales y material que necesite cada peregrino.
Como orientación habitual, muchas recomendaciones para senderismo sitúan la carga alrededor del 10 % del peso corporal cuando hablamos de una mochila relativamente ligera para una ruta de varios días.
Pero no debería convertirse en una obsesión matemática.
Una persona de 80 kilos no tiene obligación de llenar su mochila hasta los ocho simplemente porque “puede”.
Cuanto menos peso innecesario carguemos, mejor.
Una mochila para dormir en albergues durante el verano puede ser muy diferente de la necesaria para caminar en invierno.
El sentido común debe pesar más que cualquier porcentaje.
El desfile de objetos que regresan intactos
Pregúntale a peregrinos que hayan terminado un Camino qué llevaron y nunca utilizaron.
Las respuestas pueden ser magníficas.
Ropa de más.
Productos de higiene gigantescos.
Navajas multiusos preparadas para construir una cabaña.
Medicamentos para enfermedades que probablemente solo existen en documentales.
Tres cargadores.
Un altavoz.
Libros.
Vaqueros.
Cosméticos.
Y una cantidad sorprendente de objetos cuya justificación siempre empieza igual:
«Pensé que igual…»
El Camino tiene tiendas.
Tiene farmacias.
Tiene supermercados.
Tiene pueblos.
Y, salvo algunas rutas y etapas concretas donde sí necesitamos prever correctamente agua y comida, no estamos atravesando un territorio completamente deshabitado.
El secador merece capítulo propio
Sí.
Hay peregrinos que llevan secador.
Y nosotros respetamos profundamente todas las decisiones vitales.
Pero cuando estás subiendo una cuesta interminable bajo el sol y llevas seis horas caminando, probablemente descubras que el volumen de tu cabello ha dejado de ocupar uno de los primeros puestos entre tus preocupaciones.
Esa es otra enseñanza del Camino.
Simplifica prioridades.
Mucho.
La caja de la verdad
Quien haya frecuentado albergues habrá visto alguna variante de este fenómeno.
Objetos abandonados o dejados voluntariamente para que los utilice otro peregrino.
¿Por qué?
Porque llega un momento en que el cuerpo empieza a tomar decisiones que el cerebro se negó a tomar en casa.
Aquella camiseta imprescindible deja de serlo.
El bote enorme se queda.
El libro se queda.
El pantalón adicional empieza a tener muchas papeletas.
Cada objeto abandonado cuenta una pequeña historia de arrepentimiento.

El verdadero lujo es llevar menos
Existe una especie de competición silenciosa entre algunos peregrinos veteranos.
—¿Cuánto pesa la tuya?
—Seis kilos.
—La mía cinco y medio.
Entonces aparece alguien con cuatro kilos y todos lo miran como si hubiera descubierto la fusión nuclear.
Tampoco hace falta llegar a extremos.
El objetivo no es ganar un campeonato mundial de ultraligero.
El objetivo es encontrar un equilibrio entre comodidad, seguridad y peso.
Necesitas ropa adecuada.
Protección frente a lluvia y frío cuando corresponda.
Agua.
Documentación.
Material básico de higiene.
Medicación personal.
Calzado apropiado.
Y aquello que realmente necesites según tu Camino.
Pero probablemente no necesites trasladar tu dormitorio completo hasta Santiago.
El Camino enseña a desprenderse
Aquí la broma empieza a tener algo de verdad.
Durante nuestra vida acumulamos cosas.
También preocupaciones, obligaciones y rutinas.
Y cuando empiezas a caminar descubres que durante unos días puedes vivir con todo lo necesario metido en una mochila.
Te levantas.
Caminas.
Comes.
Hablas.
Descansas.
Duermes.
Y vuelves a empezar.
De repente, tener menos no parece una carencia.
Puede convertirse en una libertad.
Quizá por eso muchos peregrinos regresan a casa sorprendidos por la cantidad de cosas que poseen.
La regla RTV del «por si acaso»
Desde Camino de Santiago RTV proponemos un método absolutamente científico —o casi— para preparar la mochila.
Cada vez que introduzcas algo diciendo:
«Lo llevo por si acaso…»
Sácalo otra vez.
Déjalo encima de la cama.
Espera diez minutos.
Y pregúntate:
«Si no llevo esto, ¿qué problema real tendría?»
Si la respuesta es seria, vuelve a meterlo.
Si la respuesta es:
«Bueno… igual una noche quiero ponerme elegante para cenar», probablemente acabas de ahorrar unos gramos.
Hazlo veinte veces.
Tus hombros te lo agradecerán.
Primer pecado del peregrino
Inauguramos así nuestros Pecados del Peregrino.
Y el primero tenía que ser este:
PECADO Nº1: LLEVAR MEDIA CASA EN LA MOCHILA
Porque prácticamente todos hemos cometido alguna versión del mismo.
El Camino terminará enseñándote muchas cosas.
Pero una de las primeras llega bastante rápido:
no necesitas tantas cosas como creías.
Y si todavía dudas mientras preparas tu mochila, hazte una última pregunta:
¿Vas a Santiago… o te estás mudando?
















