Nueve burros andaluces han llegado a Santiago después de once días de Camino. Detrás de una de las imágenes más entrañables del verano se esconde una realidad preocupante: su raza está en peligro de extinción.
SANTIAGO DE COMPOSTELA.— Hubo un tiempo, no demasiado lejano, en el que escuchar los cascos de un burro por los caminos de Galicia era algo cotidiano. Formaban parte de la vida de los pueblos, ayudaban en el campo, transportaban cargas y acompañaban durante horas a hombres y mujeres en jornadas que hoy parecen pertenecer a otro mundo.
Esta semana, ese sonido regresó.
Y algunos no pudieron contener las lágrimas.
Nueve ejemplares de asno de pura raza andaluza han completado el Camino de Santiago acompañados por una expedición de 42 personas. Después de once días caminando desde A Fonsagrada, llegaron este jueves a la Plaza del Obradoiro.
La fotografía resulta preciosa: peregrinos, niños y burros ante la Catedral de Santiago.
Pero detrás de ella hay una llamada de auxilio.
Quedan menos de 500 ejemplares de esta raza autóctona.
Y quienes han realizado el Camino con ellos quieren evitar que desaparezca.
Nueve burros caminando hacia Santiago
La iniciativa pertenece a la Asociación del Asno de Pura Raza Andaluza (Asnopra), que ha elegido nuevamente el Camino como escaparate para llamar la atención sobre la delicada situación de estos animales.
No es la primera vez.
La asociación ya realizó una experiencia similar en 2022 y ahora, cuatro años después, ha vuelto a llevar sus burros hasta Santiago.
En esta ocasión han participado 42 expedicionarios, desde niños hasta personas jubiladas. Entre ellos había incluso un abuelo que realizó la experiencia acompañado por su nieto.
Durante once días personas y animales han compartido caminos, descansos, comidas y muchas horas juntos.
Las etapas rondaron generalmente los 15 kilómetros, aunque hubo dos jornadas considerablemente más largas, de 22 y 27 kilómetros. Según los responsables de la expedición, los animales completaron el recorrido con muy buena condición física.
Los mayores esperaron horas para verlos pasar
Pero quizá la historia más bonita de este Camino no ocurrió en Santiago.
Ocurrió antes.
En pequeños pueblos gallegos.
Álvaro Jiménez, presidente de Asnopra, relató que durante el recorrido encontraron personas mayores que llegaron a permanecer tres o cuatro horas esperando delante de sus casas simplemente para contemplar el paso de los burros.
Y cuando finalmente aparecieron, algunos se emocionaron.
Aquellos animales les devolvían durante unos minutos a su infancia.
A sus padres.
A sus abuelos.
A una Galicia rural en la que el burro era compañero inseparable del trabajo cotidiano.
Según explicó Jiménez, muchas de esas personas recordaron cómo convivían antiguamente con estos animales, cómo los alimentaban y cómo formaban parte de la economía y de la vida familiar.
El Camino se convirtió así, inesperadamente, en una máquina del tiempo.
Los peregrinos avanzaban hacia Santiago.
Los mayores regresaban durante unos minutos a su juventud.

Una convivencia que recuerda a los antiguos arrieros
Caminar junto a un animal durante once días cambia también la relación con él.
Los participantes han pasado jornadas de casi ocho horas trabajando y conviviendo con los burros, recuperando de alguna manera aquella relación cotidiana que tuvieron durante generaciones los antiguos arrieros.
No eran simplemente animales que acompañaban la expedición.
Había que cuidarlos, conocerlos, caminar con ellos y adaptarse a sus necesidades.
El propio presidente de Asnopra recuerda cómo antiguamente se decía que los asnos que convivían permanentemente con las personas parecían entenderlo prácticamente todo.
Y esa nobleza es precisamente una de las características que la asociación quiere reivindicar.
Menos de 500: una situación crítica
La parte más preocupante llega cuando termina la celebración del Obradoiro.
El asno de pura raza andaluza se encuentra en una situación crítica.
Asnopra habla de menos de medio millar de ejemplares censados.
A ello se suman problemas como la dispersión geográfica de los animales, la consanguinidad y un ciclo reproductivo particularmente lento: la gestación de una burra dura aproximadamente doce meses.
Cada ejemplar importa.
Cada nacimiento importa.
Y conseguir que nuevas generaciones conozcan estos animales también importa.
Precisamente ahí aparece una pequeña esperanza.
La asociación asegura que entre sus ganaderos existe relevo generacional y personas de diferentes edades implicadas en la conservación de la raza.
Los niños fueron quienes más disfrutaron
Y quizá haya otra señal de esperanza.
Cinco niños participaron en esta aventura.
Según los responsables de la expedición, probablemente fueron quienes más disfrutaron de todo el recorrido.
Puede parecer un detalle menor, pero no lo es.
La supervivencia de muchas razas autóctonas no depende únicamente de programas de conservación. También depende de conseguir que nuevas generaciones vuelvan a mirarlas con interés y comprendan el papel que desempeñaron durante siglos.
El Camino ha permitido precisamente eso.
Que los mayores recordaran.
Y que los pequeños descubrieran.
Un Camino diferente
Estamos acostumbrados a ver llegar al Obradoiro peregrinos caminando, en bicicleta o, ocasionalmente, a caballo.
La llegada de nueve burros rompe completamente esa imagen cotidiana.
Pero quizá no sea tan extraña como parece.
Mucho antes de las mochilas ultraligeras, los relojes GPS y las aplicaciones móviles, los caminos europeos estaban llenos de animales.
Transportaban mercancías.
Trabajaban en los campos.
Acompañaban a viajeros.
Y también formaban parte del paisaje que encontraban los peregrinos.
Por eso esta pequeña caravana llegada desde A Fonsagrada tiene algo profundamente antiguo.
Caminar para no desaparecer
Los nueve burros ya han llegado a Santiago.
Han atravesado pueblos, provocado sonrisas, despertado recuerdos y conseguido que durante unos días se vuelva a hablar de una raza que lucha por sobrevivir.
Asnopra espera repetir la experiencia dentro de cuatro años.
Ojalá puedan hacerlo.
Porque detrás de esta entrañable imagen del Camino existe una cuestión mucho más seria.
Si una raza baja de los 500 ejemplares, cada esfuerzo por conservarla cuenta.
Esta vez no llegaron a Santiago buscando una Compostela.
Ni batiendo un récord.
Ni intentando hacer el Camino más rápido que nadie.
Caminaron para que su raza no desaparezca.
Y quizá pocas razones haya más hermosas para ponerse en Camino.
















