Pedro Incheol Lee tiene 65 años, nació en Corea del Sur y ha vivido en Argentina, Canarias y Madrid. Después de años de trabajo, dificultades económicas y una vida que terminó llevándole al agotamiento, encontró en el Camino de Santiago un lugar donde empezar de nuevo. Hoy vive en Hornillos del Camino, un pequeño pueblo burgalés de menos de 50 habitantes, y cocina para los peregrinos que pasan cada día frente a su puerta.
Hay peregrinos que terminan el Camino en Santiago y regresan a casa.
Y hay otros que, después de caminarlo, descubren que su casa estaba precisamente allí, en algún punto del recorrido.
Algo parecido le ocurrió a Pedro Incheol Lee, un hombre nacido en Corea del Sur que después de recorrer medio mundo ha terminado encontrando su lugar en Hornillos del Camino, una pequeña localidad burgalesa situada en pleno Camino Francés.
Pedro se define con una frase que resume bastante bien su historia: “Soy un peregrino católico coreano”.
Pero detrás de esas pocas palabras hay toda una vida de viajes, trabajo, dificultades y cambios.
De Corea a Argentina y después a España
Pedro dejó Corea del Sur en 1977, cuando su padre decidió trasladarse a Argentina. Allí permaneció durante doce años antes de iniciar una nueva etapa en España.
Primero llegó a Las Palmas de Gran Canaria, donde vivió aproximadamente una década, y posteriormente se instaló en la Península.
Su vida profesional estuvo siempre muy vinculada a dos mundos que terminarían encontrándose años después en el Camino de Santiago: el turismo y la gastronomía.
Trabajó como guía, coordinó viajes y también se dedicó a enseñar cocina japonesa, coreana y española.
Con el tiempo comenzó además a conocer cada vez mejor el Camino de Santiago, especialmente el tramo comprendido entre Burgos y León.
Un pequeño pueblo que se quedó en su memoria
Durante sus recorridos por el Camino Francés pasó varias veces por Hornillos del Camino.
El pueblo es uno de esos lugares que muchos peregrinos atraviesan después de salir de Burgos, rodeado de amplios campos de Castilla y de ese horizonte que parece no terminar nunca.
Un día, mientras pasaba por allí, Pedro vio una vivienda en venta.
El precio llamó su atención y decidió comprarla pensando inicialmente en utilizarla como lugar de vacaciones y, quizá algún día, como residencia para su jubilación.
Entonces todavía no podía imaginar hasta qué punto aquella decisión terminaría cambiando su vida.
La pandemia lo cambió todo
La pandemia golpeó duramente su actividad profesional.
El turismo, uno de los sectores a los que Pedro había dedicado buena parte de su vida, prácticamente se detuvo.
Después intentó continuar trabajando en Madrid y puso en marcha un restaurante, pero aquello que debía proporcionarle una forma de vida terminó convirtiéndose en una carga demasiado pesada.
Los gastos, los horarios, los desplazamientos y el esfuerzo diario comenzaron a acumularse.
Llegó incluso a dormir algunos fines de semana en el propio establecimiento para evitar perder tiempo desplazándose.
Durante aproximadamente un año y medio mantuvo aquel ritmo hasta que su cuerpo terminó diciendo basta.
Pedro enfermó y comprendió que tenía que cambiar.
Volver al Camino para empezar otra vez
Cuando decidió dejar atrás aquel proyecto madrileño, volvió a pensar en Hornillos del Camino.
En ese pequeño pueblo burgalés tenía precisamente aquello que cada vez echaba más de menos.
Espacio.
Silencio.
Campo.
Una vida más tranquila.
Y peregrinos.
Pedro decidió entonces trasladarse allí y comenzar una nueva etapa.
No abandonaría la cocina.
Tampoco el turismo.
Simplemente los viviría de otra manera.
Nanumi, cocina coreana en pleno Camino Francés
Así nació Nanumi, su nuevo restaurante en Hornillos del Camino.
El establecimiento ocupa un edificio que durante años había tenido distintos usos y que originalmente había sido la antigua escuela del pueblo.
Hoy, donde antes acudían los niños de Hornillos, se sientan peregrinos procedentes de numerosos países.
La propuesta combina cocina coreana con influencias y productos españoles, ofreciendo platos diferentes a lo que normalmente encuentra un peregrino durante las etapas castellanas del Camino Francés.
Bibimbap, fideos, sopas y diferentes preparaciones asiáticas aparecen ahora inesperadamente en mitad del paisaje burgalés.
Y quizá precisamente ahí esté parte de la magia.
Un peregrino puede pasar horas caminando entre campos de trigo y, al llegar a un pequeño pueblo castellano, encontrarse con un coreano cocinándole.
Pocas imágenes representan mejor el carácter internacional que ha adquirido el Camino de Santiago.
Cocinar también puede ser hospitalidad
Pero la historia de Pedro no es simplemente la de un restaurante exótico instalado en un pequeño pueblo.
Hay algo más.
Él mismo fue peregrino.
Conoce el cansancio.
Conoce esas tardes en las que uno llega después de muchos kilómetros buscando simplemente un lugar donde sentarse, beber algo y recuperar fuerzas.
Ahora está al otro lado.
Ya no es únicamente quien camina.
Es quien recibe a los caminantes.
Y la cocina se ha convertido en su particular forma de hospitalidad.
Preparar un plato caliente para una persona que lleva horas andando puede parecer algo sencillo, pero en el Camino esos pequeños gestos adquieren un significado diferente.
Un pueblo de menos de 50 habitantes abierto al mundo
Hornillos del Camino apenas cuenta con unas decenas de vecinos, pero cada temporada miles de personas atraviesan sus calles.
Coreanos.
Americanos.
Alemanes.
Italianos.
Franceses.
Españoles.
Personas procedentes de prácticamente cualquier rincón del mundo.
Durante unos meses al año, un pequeño pueblo de Castilla se convierte en uno de los lugares más internacionales que puedan imaginarse.
Pedro encaja perfectamente en esa realidad.
Nació en Corea, vivió en Argentina, llegó a España y terminó estableciéndose en un pueblo diminuto gracias a una ruta medieval de peregrinación.
Su propia vida parece casi otro Camino.
Cuando llegar significa quedarse
Normalmente hablamos del Camino de Santiago como un viaje hacia Compostela.
Pero historias como la de Pedro muestran otra dimensión.
El Camino también transforma los lugares que atraviesa.
Puede mantener pequeños negocios.
Dar vida a pueblos rurales.
Crear relaciones entre culturas completamente diferentes.
E incluso convencer a una persona llegada desde el otro lado del mundo de que ha encontrado el lugar donde quiere quedarse.
Pedro asegura que ahora es feliz.
Le gusta el campo abierto.
Le gusta la tranquilidad.
Y continúa haciendo aquello que siempre formó parte de su vida: cocinar y relacionarse con viajeros.
La diferencia es que ahora no necesita buscarlos.
Los peregrinos pasan cada día delante de su puerta.
Del peregrino al hospitalero de los fogones
Pedro llegó al Camino caminando como tantos otros.
Hoy lo vive desde otra posición.
Cada jornada observa pasar mochilas, bastones y personas cansadas que continúan hacia Santiago.
Algunos entran en Nanumi.
Se sientan.
Comen.
Hablan.
Descansan.
Y después vuelven a ponerse la mochila.
Quizá Pedro ya no necesite caminar cientos de kilómetros para sentirse peregrino.
Porque el Camino pasa ahora por su casa.
Y mientras otros avanzan hacia Santiago, él ha encontrado allí algo que muchos peregrinos buscan durante semanas:
un lugar donde sentirse en paz.
















