En el Camino de Santiago existe una unidad de distancia que no aparece en los mapas: el último kilómetro. Sobre el papel mide mil metros; en las piernas de un peregrino que lleva siete horas andando equivale a cruzar un continente. Todo empieza cuando alguien pronuncia la frase más peligrosa de una etapa: «Tranquilo, que el albergue ya está ahí».
Es una escena reconocible, aunque exagerada deliberadamente en estas líneas de humor. El peregrino sale por la mañana con una sonrisa, una mochila perfectamente ajustada y la convicción de que hoy no se quejará. A mediodía ha negociado con sus rodillas un alto el fuego. Y, cuando por fin ve el nombre del pueblo donde dormirá, descubre que el pueblo es más largo que la propia etapa.
Los 200 metros que desafían a la ciencia
La primera señal anuncia «Albergue: 200 m». La alegría es inmediata. Se endereza la espalda, se recoloca el sombrero y hasta aparece una velocidad desconocida desde la primera jornada. Pero el camino gira a la izquierda, sube una cuesta, atraviesa una plaza y vuelve a girar. Al fondo surge otra señal: «Albergue: 200 m».
El peregrino comprueba si la flecha lleva GPS, si los metros son gallegos o si alguien ha inventado un sistema métrico exclusivamente destinado a poner a prueba la paciencia. No es que la señal esté necesariamente mal. Es que, a esas horas, cualquier curva tiene la longitud psicológica de una autopista.
En caso de duda, conviene seguir las indicaciones oficiales y comprobar la ubicación del alojamiento. Los desvíos ficticios de esta historia pertenecen al humor; las flechas reales son demasiado importantes como para convertirlas en una broma práctica.

La frase «ya estamos» y otras amenazas
Siempre aparece alguien que todavía tiene energía. Es el compañero que asegura haber visto el tejado del albergue detrás de una colina, aunque probablemente ha visto una nave agrícola. «Quedan cinco minutos», anuncia. Cinco minutos después repite la misma frase. Media hora más tarde ya nadie le dirige la palabra.
Hay un instante especialmente delicado: cuando surge un vecino y el peregrino pregunta cuánto falta. «Nada, ahí al lado», responde con amabilidad. El problema es que, para una persona que vive allí, «al lado» puede significar una agradable caminata de veinte minutos. Para quien arrastra dos ampollas y una mochila que ha pasado de ocho a ochenta kilos imaginarios, es una declaración de guerra.
Mientras tanto, el móvil insiste en que faltan 600 metros. El reloj dice que son las dos. El estómago dice que son las cinco. Los pies no emiten declaraciones: han convocado una huelga indefinida.

La aparición celestial de la litera libre
Y entonces sucede el milagro laico. Tras la última curva aparece un edificio con una palabra capaz de devolver la fe al más escéptico: «ALBERGUE». El peregrino siente una emoción comparable a la llegada a Santiago, pero con una diferencia fundamental: aquí puede quitarse las botas inmediatamente.
En recepción se produce el cambio de personalidad más rápido conocido. Hace dos minutos juraba que nunca volvería a caminar. Ahora le preguntan si mañana hará otra etapa y responde: «Sí, pero cortita». La etapa cortita tiene veinticuatro kilómetros y un perfil que, visto de lado, parece el electrocardiograma de una cabra nerviosa.
Tras conseguir cama, ducha y algo de comida, descubre que el último kilómetro era precioso. Lo dice con solemnidad, mirando fotografías tomadas por otros, porque él durante ese tramo solo miró el suelo.

El Camino tiene sentido del humor
La aventura recuerda que el cansancio cambia las proporciones. Una cuesta se convierte en montaña, una fuente en monumento nacional y un bocadillo en una experiencia mística. La mayoría de los peregrinos ha vivido alguna versión de esta tragicomedia y luego la cuenta entre risas.
De hecho, cuando se recuperan las fuerzas, llegan las confidencias. Aparecen personajes que parecen salidos de nuestros ocho tipos de peregrinos, palabras dignas del diccionario peregrino-español y soluciones prácticas como las que recogemos en los consejos para evitar ampollas.
Eso sí, una petición a quienes indican las distancias: nunca prometáis «dos minutos» a una persona con mochila. Decidle veinte. Si llega antes, os querrá para siempre. Si llega después, al menos habréis reducido la posibilidad de que os dedique un poema poco amable.
La verdadera llegada al albergue no se mide en metros. Se mide en el tiempo que tarda un peregrino en quitarse las botas, suspirar y anunciar, contra toda evidencia, que mañana vuelve a madrugar.
Texto de humor y situaciones ficticias inspirado en experiencias habituales de la peregrinación. La imagen destacada es una ilustración creada para RTV; las fotografías interiores son imágenes reales de archivo con sus créditos.
















